La ciudad de los perros | PrensAnimalista

Por José Manuel García Montes, periodista

 Sábado 13 de febrero. Mucho calor en Recoleta a la altura del 3000. Sitios eriazos, plazas, calles y pasajes se entrecruzan en una postal forzada que soporta el sol cayendo a plomo. La aridez está a cada paso. Mientras camino, pienso que no es sencillo vivir por allí, pero -sobre todo- siento en carne propia la ciudad que se levanta más allá del límite imaginario que fija Plaza Italia hacia abajo. Vivo “para arriba”, pero no olvido ni me asombro con ese sector de Recoleta. Al cabo, así como otros, ejemplifica una parte de la geografía santiaguina… Para algunos el progreso es algo concreto, mientras el resto -siendo optimista- sólo lo intuye a cuentagotas y cada cierto tiempo. Es difícil vivir así. No sobran nada y si la imaginación escasea las cosas se ponen rudas. Para escapar del sol (o lo que sea) la gente sale de las casas y se instala en las veredas. En torno a sillas y mesas se forman clanes. A ratos, el reggaetón lo domina todo y cada cual hace lo que puede: cerveza (varias y por horas, no sólo un vaso, pasando del gusto al exceso), música, el partido de turno o el comidillo de ocasión. Sería: ahí acaban las  distracciones posibles.

         Hay que estar en Recoleta al 3000 -como en otros lugares, insisto- para ratificar algo que parece simple, pero es complejo y profundo: exigir un cambio en la vida de las personas es muy difícil cuando la realidad que viven todos los días -en una especie de 24×7 permanente- resulta dura, opresiva y casi inmodificable. Bajo esos cánones, suelen faltar las ilusiones y los motivos para hacer algo que sea distinto, lleno y fuerte se diluyen con facilidad. La foto es clara: estrechez, sueldos irrisorios, existencias donde “a lo habitual” (familia, hijos que forman una prole, cuentas, pagos y deudas) se añade la ausencia de válvulas de escape que hagan más vivible todo. Y eso sin mencionar las lacras: robos y muerte, alcoholismo, drogadicción. Hay que tener el cuero duro para soportar.

         Para bien y para mal, una ciudad como este Santiago que tiene periferias de extramuros y realidades que colindan con lo grotesco nos recuerda que hay que seguir tratando de cambiar las cosas. Divago acerca del fenómeno de los perros y su errar eterno, esa tragedia que es enorme y que emula a la memoria de google: sigue en aumento. Cuando sales de comunas como Las Condes, Providencia, Vitacura o Ñuñoa, el verdadero Santiago se asoma feroz. Es el “resto de la capital”; todo lo que no está de Plaza Italia para arriba (pero a veces también por allá) pasa a ser el botadero: perros (y gatos) maltratados, desnutridos, todos están allí, pero la gente y su indiferencia persiste en cultivar el abandono como método de control. Es el péndulo, la historia del pulgar arriba o abajo. Día a día, parece no tener fin.

         Cuando caminaba por esa Recoleta no pensaba en lo afortunado que soy de vivir “para arriba”. La sensación predominante era, más bien, de incomodidad.  Desazón por ver cómo otros parecen condenados a ser y tener menos, a vivir enrejados en sus casas, a no poder ser protagonistas de su propia vida, a ser robados por los que los esquilman. Uno no puede estar tranquilo cuando al visitar la “otra ciudad” se comprueban las pocas oportunidades que existen, la postergación que bulle a partir de la forma en que un país y una ciudad -y con ella su gente- crecieron. Barrios enteros casi olvidados en el tiempo, calles, plazas y terrenos en que quizás a los que tienen más -y también a muchos que tienen menos- se les ocurrió que ir a tirar un perro o un gato era una salida, una vía de escape o, peor aún, una solución.

         Postergar es un tipo de manifestación que puede parecer muy vinculada con el progreso. Pero no deberían tener relación. Una sociedad que no pierda de vista sus orígenes ni aquellos principios que son nobles y necesarios, no postergará para avanzar.

         Hoy en Chile muchos eligen postergar. Y no hablo sólo a propósito de los animales tirados en los cuatro puntos cardinales con el yugo del acarreo como denominador común. Hablo de postergar cuando dejamos de actuar, cuando la inercia se impone y optamos porque otros hagan aquello que alguien esquivó, no denunció y omitió.

         Deberíamos tratar que nuestra sociedad vuelva a ser humana. Sólo así podremos aspirar a cambiar y hacer mejor la vida. Postergando sólo metemos la basura bajo la alfombra. Y si algo ya tenemos es mugre guardada.