Del Albaicín a Gamla stan | PrensAnimalista

Por Fernando Camacho Padilla

 Peppe es un personaje singular aunque no único en su especie. Como muchos otros, Peppe llegó a Suecia por necesidad y por amor, por amor de una sueca que se enamoró de él y se propuso cambiar su destino para siempre.

Apenas hace unos días que conocí a Peppe en su gran apartamento en Gamla stan, el barrio más antiguo de Estocolmo. En Estocolmo no es demasiado frecuente que dos andaluces se encuentren de casualidad (yo soy sevillano). Y cuando ello ocurre, rápidamente se establece un vínculo especial, de mutua confianza, de compadrazgo, de sinceridad. Así pasó cuando encontré años atrás a Eduardo (de Cádiz), a María (de Málaga), a Luís (también de Cádiz) y Pablo (sevillano como yo). En esta ocasión, la única diferencia frente a mis amigos es que Peppe, tras varios años en Suecia, ha olvidado el castellano. Pero el sueco lo domina perfectamente.

No llegué allí fruto del azar. Mi novia Elsa acababa de instalarse allí pocos días atrás. En él alquila un cuarto muy silencioso, frío y algo oscuro, pero muy acogedor. La calle a la que da su ventana es tan estrecha que se podría pasar con facilidad a la ventana del edificio de enfrente. La primera vez que contemplé la vista desde la ventana, me recordó de inmediatamente el barrio de Santa Cruz, en Sevilla. La única diferencia era la nieve acumulada al borde de esas mismas ventanas y el frío que penetraba por sus rendijas.

Peppe me recibió con mucha naturalidad, como si me conociera de siempre. La presentación fue amena, rápida y poco formal. Ya en la cocina, mientras Elsa y yo terminábamos de cenar, Peppe se subió a la silla que tenía frente a mi y me miró fijamente a los ojos. No quería beber ni nada de comer. Ahí empecé a conocer su historia.

Peppe es la adaptación al sueco de su nombre original, Pepe, propio de la región de la que proviene, Andalucía. Peppe nació en Granada y sus primeros pasos fueron por el barrio andalusí del Albaicín, entre seres de todos los orígenes y especies. Turistas de numerosísimos países del mundo, especialmente japoneses, alemanes, franceses, estadounidenses e ingleses, pasaban por su lado. Algunos se apiadaban de él y le daban algo de comer. Otros le insultaban o simplemente le ignoraban. A veces pasaba las frías noches en las cuevas con los gitanos, donde empezó a admirar el flamenco, los ritmos y la alegría de esa gente. Allí no todos le trataban bien, pero podía disfrutar de la música y encontrar un poco de cobijo. Su vida no era muy distinta a la de esta gente, pues una vez que comenzaba el día, volvía a recorrer las mismas calles que esas personas buscando alguna ayuda o un poco de atención de los turistas.

Un día de invierno, temprano de madrugada, Peppe andaba medio dormido buscando un bar abierto donde le pudieran dar alguna tostada. Mientras cruzaba la calle, le atropelló por detrás una camioneta de reparto, amputándole rápidamente la mitad del rabo. Peppe no pudo contener su dolor, su desesperación ni su rabia. La camioneta continuó su ruta pero una joven madre que llevaba a sus hijos a su escuela, se apiadó de él y lo atendió debidamente. Posteriormente lo llevó al local de una asociación de acogida de animales abandonados. Allí pasó algunas semanas hasta que una organización sueca cambió su vida para siempre. La alta demanda de caninos que hay en Suecia no da abasto con la tasa de nacimientos del país, de manera que miles de personas al año deciden adoptar sus mascotas de otras partes del mundo.

A pesar de que Suecia y España están forman parte de la Unión Europea, no es fácil cambiar legalmente de país. Peppe tuvo que afrontar numerosos trámites y vacunaciones antes de que se le concediera la residencia sueca. Pero lo logró. Peppe todavía no llegaba al año de edad (siete para él).

Una vez en Suecia, Peppe llegó a un centro de refugio de animales extranjeros donde continuaron los trámites de adopción. Allí llegaron sus futuras compañeras de piso Siri y Elsa, y se lo llevaron con ellas.

Peppe se sintió inmediatamente como en casa en Gamla stan. Al igual que el Albaicín, la ciudad vieja de Estocolmo tiene edificios históricos realmente bellos y sus calles están repletas de turistas del mundo entero. El frío del invierno lo resiste con una chaqueta negra y roja que reproduce la bandera anarquista. Desde que nació, Peppe fue un libertario, y libertario es el aire del apartamento en el que vive. Libros de Proudhon, Bakunin, Goldman o Malatesta le acompañan en el salón, además de cuadros y todo tipo de piezas de arte. Varios afiches anarcosindicalistas alemanes adornan las paredes, los cuales recobran la memoria de Rudi Dutschke.

Lo que más me llamó la atención fue su complejo de persona. Peppe se comporta como uno más. Se interesa por participar en casi todas las conversaciones (menos cuando se habla de perros). Escucha, mira a los ojos y cuando quiere decir algo alza la pata. Si no le prestan atención, con la misma pata te golpea el hombro. Y a pesar de su insistencia, no siempre consigue lo que quiere. Cuando camina por la calle, Peppe se fija en las personas y permanece indiferente ante los otros perros.

Peppe se interesa por el cine, como Siri, quien comparte con él sus estudios fílmicos. Quizás se convierta en modelo de inspiración, pues su historia personal es merecida de narrar en una película. Pocos personajes hay como él en Suecia. Granadino, anarquista, privilegiado que vive en el barrio más bello de la capital sueca, seductor y de gran inteligencia. Por su casa pasan, y han pasado, todo tipo de personas de las artes y de las letras de Estocolmo. Por su condición de perro, se le ha permitido presenciar todo tipo de momentos y escuchar las discusiones más privadas. ¡Si algún día decidiera hablar!

Recientemente conversaba con su compañera Siri de perros vegetarianos que he encontrado a lo largo de mi vida, especialmente en Caños de Meca (aldea de Andalucía llena de hippies) y en la Habana. Siri me preguntó qué tipo comida le preparaban. Le respondí que comían las mismas cosas que la familia con la que vivían. Principalmente papas, maíz, legumbres y verduras. A la hora de comer, los perros eran uno más en la mesa, no se les daba de comer a parte ni tampoco comida diferente. Desde entonces, Siri, que es vegana, ha considerado la posibilidad de incluir a Peppe en el veganismo no sin antes preguntarle. Peppe, que estuvo presente en esa conversación, cuando ahora llego a la casa, ya no me recibe con el mismo entusiasmo ni se sienta comigo en la mesa. Y ahora, mientras paso unos días en Sevilla, ¿estará tramando alguna venganza?

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